La gran locura de un verdadero Loco


Dicen que Sebastián Washington Abreu está loco, verdaderamente loco.  Hay circunstancias en la que parece no comprender la dimensión de los torneos que juega, pero en verdad lo sabe, lo cual lo hace más loco aun, un verdadero loco. Su frialdad fue pocas veces vista en el fútbol, y a pesar de no ser un privilegiado con el balón en los pies posee una cantidad de goles a los que pocos llegaron. Otra que el argentino Martín Palermo.

En el partido de cuartos de final entre Uruguay y Ghana, Abreu estuvo en el banco de suplentes, siempre dispuesto a ingresar. A los 75´, con el partido en 1, el tercer cambio fue él. Y no aportó mucho hasta los 90´, y mucho menos hasta los 105´ y 120´, minuto en el que el árbitro portugués Benquerenca hizo sonar el silbato en el área Charrúa, por lo que el corazón de todo el pueblo uruguayo se paralizó por unos segundos. El motivo: Luis Suárez tapó con la mano un cabezazo de los africanos tras un tiro libre, en lo que era la última en el encuentro, la última de las últimas. Era penal. 

En ese momento parecía que las ilusiones del número 13 de llegar al 11 de julio con chances de levantar la copa se esfumaban, así como lo hicieron frente a Senegal en Corea-Japón 2002 en la fase de grupos. Pero el destino, para los que creen que todo está escrito y nada se puede cambiar; Dios, para los más religiosos; o la mala suerte de Asamoah Gyan, para los que consideran el fútbol como un deporte en el que puede suceder cualquier cosa y sorprender a propios y extraños, estrelló ese último tiro en el travesaño, forzando que el duelo se defina por los remates desde los doce pasos. Era la lotería de los disparos desde el punto del penal lo que determinaría el rival de Holanda. Eran Las Estrellas Negras o los sudamericanos, solo uno sería el sobreviviente.

Una de las historias dignas de contar cuando finalice el torneo de Sudáfrica se comenzó a escribir cuando se determinó que el ejecutante del quinto remate sea Abreu. El responsable era el mismo que clasificó a la Celeste a Sudáfrica 2010, con un gol ante Costa Rica en el repechaje. Y así camino desde el círculo central del campo hacia donde la pelota lo estaba esperando, desafiándolo a realizar una locura, esas de las que nos tiene acostumbrado.

Pasos cortos; suspiros de tranquilidad, como si el penal lo estuviese por patear en un picado entre amigos; una mirada que reflejaba victoria; y un ser humano que conllevaba 298 goles en 517 encuentros, todo eso emanaba Abreu, solo mirándolo caminar con su histórica camiseta número 13. “La pica, la pica”, decía más de un relator en ese instante. Se paró enfrente de la humanidad de Richard Kingson, tomó larga carrera y llegó a la redonda. Cuando muchos se taparon los ojos, y otros tantos cambiaron de canal llegó el final de la novela del día…

La picó, sí señores, la picó, y la pelota ingresó siendo espectadora de lujo de la volada en vano del ghanés. Ya no es solo conocido en Uruguay, ahora habla el planeta entero acerca de ese hombre que se animó a hacer lo inimaginable: pinchar la pelota en un penal decisivo por cuartos de final.

Hoy, 2 de julio, comprendí por qué afirman que Abreu está loco, verdaderamente loco.

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